El día que montamos en velocípedo.

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El fin de semana pasada casi muero. Puede parecer que esta frase es solo un gancho para que continuéis leyendo este post, pero lo cierto es que casi muero. Bueno, casi me hago daño. Dejémoslo en que casi casi me caigo, pero todo por una buena causa. La buena causa, obviamente, era beber. Pero voy a contároslo bien porque así es complicado de entender.

El domingo pasado –sí, los domingos se pueden hacer más cosas que quedarse tirado en la cama suplicando que alguien te traiga pizza– decidí hacer del fin de semana algo diferente y unirme a los chicos de Hendrick's y a la Semana Europea de la Movilidad a través de la ya tradicional Tweed Ride Madrid. Una experiencia que requería dos cosas fundamentales: muy poca vergüenza para poder pasear por todo Madrid con indumentaria vintage y buen manejo de la bicicleta, principal protagonista, claro.

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El problema en todo esto llega cuando, en lugar de bicicletas, resulta que el elemento elegido para nuestro paseo es algo llamado velocípedo –no confundir con velociraptor, que eso solo en 'Jurassic World' y oye, ojalá– cuyo manejo no era lo más sencillo del mundo. Pero como la ocasión lo requería, allí fuimos guiados por nuestro maestro de ceremonias, Pablo Raijenstein, al que, como podréis comprobar en las fotografías, todo esto se le daba bastante mejor que a mí. Por lo que sea.

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La ruta, que comenzó en el Museo Cerralbo y acabó en el Museo Lázaro Galdiano con un picnic de la mano de Hendrick's, contó también con inusuales propuestas como la de retocar nuestra barba in situ en tan magno escenario. Y no, no tuvimos que desandar el camino con nuestros velocípedos –gracias a dios–, aunque si lo hubiéramos tenido que hacer, después de pasar por peluquería, por lo menos habríamos cumplido eso de dejar un bonito cadáver.